Si todos fuéramos pacientes terminales

Hoy vi la película de “Clouds”. Terminé como pocas veces, con lágrimas en los ojos, supongo que ya me estoy haciendo viejo y sensible. Hay una idea que no deja de rebotar en mi cabeza: la muerte. Pensé en la lástima que tantas veces sentimos por las personas que van a morir, personas enfermas que escuchan la frase tan aterradora de “te quedan tantos meses o semanas de vida”. Luego pensé: ¿no deberíamos sentir lástima por todos? Pues, todos los días despertamos sin saber si ese será nuestro último día de vida. ¿Cuántos mueren en un accidente inesperado teniendo muy buena salud?

Fue entonces cuando pensé que no deberíamos sentir lástima por los que van a morir, pues no nos alcanzarían las lágrimas para llorar por todos, pues de una forma u otra, todos estamos muriendo. Más bien, deberíamos sentir lástima por todas las personas que no saben vivir.

Nadie sabe cuándo va a morir, quizá las personas con enfermedades terminales tienen una ventaja contra el resto, y esa ventaja es recordar que lo importante no es la muerte sino la vida. Delante del drama de la muerte, cuando nos convertimos en poetas existenciales que contemplan la posibilidad (que de hecho más que posibilidad es una realidad) de morir, se nos ilumina una parte del corazón que muchas veces está nublada por la superficialidad con la que enfrentamos la vida.

Dentro de las muchas experiencias que me mueven a levantarme cada día, hay una que para mí es fundamental y que muchas veces olvido en la práctica: hacer felices a los demás. Existen niveles de felicidad, todos experimentamos pequeños momentos de alegría que quisiéramos cristalizar en la eternidad. Ese atardecer con la persona que amas, esa oración del corazón que duró más de lo que pensabas, ese acompañar a alguien en un momento de dolor y saber llorar con él, ese salir de ti mismo para ayudar a alguien que lo necesita. Estas alegrías profundas se mezclan con otro tipo de alegrías que están más centradas en nosotros mismos que en los demás. Por ejemplo, ir de compras a mi tienda favorita, ver una película que me encante, tocar algún instrumento, practicar un deporte, bailar en la discoteca, etc. Ninguna de estas es mala, al contrario, son experiencias que nos enriquecen como personas y nos hacen desarrollar todos los talentos que nos fueron regalados. Pero, la diferencia entre las primeras experiencias, las que significan salir de ti mismo, y las segundas, que son invertir en ti mismo, es que las segundas sin las primeras estarían vacías. La raíz profunda del sin sentido que muchas veces experimentamos en nuestras vidas no está en el hecho de que tantas veces hacemos cosas que no nos gusten, sino en la triste realidad de que tantas veces, incluso haciendo lo que tanto nos gusta, lo hagamos solo para nosotros mismos y no para compartirlo con los demás, para hacer felices a los demás.

El poema más hermoso tiene a otra persona como inspiración, la canción más profunda tiene a otro como motivo, incluso el trabajo más satisfactorio estaría vacío si no fuera para compartirlo con las personas que amas. La vida está compuesta de pequeños momentos que se pueden convertir en grandes experiencias si tan solo recordamos que es el amor lo que llena de sentido la realidad. Basta pensar en las grandes cosas que has logrado en tu vida, te aseguro que en todas hay alguien más como inspiración. Pero no solo las grandes cosas, también las pequeñas, las cotidianas, como levantarte todos los días a trabajar tienen su más profundo significado en el simple recuerdo de que lo haces por alguien y no solo por algo.

El famoso secreto de la felicidad, que todos queremos descubrir no es tan difícil de encontrar. El secreto está en recordar tu “por quién” y no sólo tu “para qué”. Si tan solo cambiáramos la eterna pregunta de “¿para qué hago todo esto?, ¿qué sentido tiene mi vida?” a “¿para quién hago todo esto?, ¿cómo puedo llenar de sentido la vida de los demás?” descubriríamos muy pronto que la vida puede ser muy hermosa y hasta divertida.

La ventaja de este cambio de mentalidad es que siempre tendrás a alguien por quien vivir. Estamos tan acostumbrados a desanimarnos por el mal que vemos en el mundo, por la maldad que experimentamos en carne propia todos los días, que ya se volvió costumbre, al menos en el interior, renunciar a la idea de que la vida es en realidad hermosa y que hay mucho más bien que mal en el mundo. Es tan fácil justificar nuestra forma de vivir cuando miramos al vecino y descubrimos que “él hace cosas peores que yo” que eso me basta para conformarme. El problema es que a la mente muchas veces la podemos engañar con razonamientos torcidos y rebuscados, pero al corazón no lo podemos engañar, esa parte más íntima de nosotros nos estará siempre gritando, en cada momento de silencio que nos permitamos, que la vida no puede ser esa, que en realidad no estás viviendo, que solo estamos muriendo lentamente.

Voy a decir algo arriesgado, y sé que puede ser difícil de digerir, pero a veces me gustaría que todos recibiéramos un diagnóstico de “pacientes terminales”. En realidad, ya lo hemos recibido, pues como dije al inicio, todos estamos muriendo, pero a veces necesitamos que alguien con experiencia, como un doctor, nos recuerde que tenemos una condición terminal. Si todos aceptáramos nuestra condición terminal, quizá así empezaríamos a pensar más en la vida que en la muerte. ¡Qué gran paradoja! Recordar que vas a morir para poder empezar a vivir. Y es que, solo la muerte nos hace pensar en lo esencial, y no hay nada más esencial, nada más digno de gastar la vida que por las demás personas.

Si llegaste a este este punto de la lectura, además de agradecerte, solo me queda recordarte: “eres un paciente terminal”, vas a morir. La ciencia todavía no puede responderte exactamente cuánto te queda de vida, pero la fe puede asegurarte que el tiempo que sea puedes convertirlo en una verdadera vida. Si, eres terminal pero no vegetal. Deja de existir y comienza a vivir. La respuesta de ¿por qué hay tanto mal en el mundo? Nunca la tendrás, pues no existe ninguna respuesta satisfactoria. Pero la certeza de que tú puedes ser alguien que transforme el mal que viven las personas, con el bien que puedes darles, es tan real como el sinsentido del mal. Querido paciente terminal: no sé cuánto te quede de vida, por lo tanto, asegúrate de que verdaderamente la vivas. Los demás están esperando a que lo hagas.

Gustavo Godínez, LC

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *